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Dos mil quinientos años después

Publicado: 30 septiembre, 2011 de Pepe E. Carretero en Tusitala
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Es habitual en mí ir posponiendo las cosas, aparcando los inicios, como el que espera que por arte del birbiloque alguien o algo dé el paso que quieres dar y no terminas darlo. Ese es el motivo por el que tras dos o tres días después de abrir esta ventana aun no la haya inaugurado con una presentación, con un por qué, con… cualquier tópico del que tiras para iniciar algo.

Parte importante también la juega el qué poner, qué decir. No le dediqué mucho a pensarlo, no me preocupaba, no tenía, mejor, no tengo prisas, sin embargo ayer moviendo papeles, ficheros, carpetas… de los que llenan mis estanterías y cajones apareció un libro, “Pasiones, Piojos, Dioses… y Matemáticas” de mi profesor Antonio J. Durán. Lo leí de corrido no hace mucho y lo dejé por ahí entre algún que otro montón de artículos y notas inconclusas con vocaciónde futuro y que más de una vez han desaparecido perdiendo su pasado. Preparaba material para una clase, recordé el inicio del libro y me puse a releer las primeras páginas, en las que el autor intenta y consigue responder a una pregunta nada sencilla y bastante incómoda, para bastante personas. ¿Qué son las Matemáticas? No voy a dar la respuesta, no es mi idea y ya está en el libro, el cual recomiendo, no solo por el aprecio que tengo a Antonio Durán sino también por el buen rato que me hizo pasar su lectura. En esa revisión apareció Hipaso, Hipaso de Metaponto, pitagórico. La figura de Hipaso siempre me ha fascinado, no solo por miembro de la hermandad pitagórica, que no es poco, sino sobre todo, por su trágico final. Como acertadamente repite el autor varias veces en su libro Hipaso fue condenado a morir, arrojado al mar, flagelado eternamente por las olas. Fue condenado por el más alto delito que pudiera cometer un pitagórico, Hipaso reveló el más oculto de los secretos haciendo estallar por los aires el sagrado dogma de su sociedad, no cabía otro castigo que la muerte.

Dos mil quinientos años después, un jueves de finales de septiembre, Raquel, un poco nerviosa pero muy decida sale a la pizarra, ha preparado en casa la demostración de la irracionalidad de la raíz cuadrada de dos, mientras ella pelea en desigual combate, tiene catorce años y apenas ha comenzado a raspar la corteza calculista de las matemáticas, camino hacia el final del aula e imagino a Hipaso agonizante en el mar, exhausto, haciendo acopio de fuerzas para un último aliento, aliento que hoy empuja a Raquel a conseguir el absurdo que afirma su hipótesis.